jueves, 7 de junio de 2012


Hogar. La máxima expresión del bucolismo presentada en forma de sofás mullidos y enormes tazas de café caliente. Un olor particular que embriaga la retina. Un repelente contra cualquier osadía que altere tu descanso.  
Sea como sea, un punto al que siempre serás bienvenido. Por eso, perpetuamente estás deseando volver. Y sabes distinguirlo por su perpetuidad. Porque por mucho tiempo que pase, permanece inalterable, perenne. Mantiene la presencia que inmortalizaste aquel día.  
Un equilibrio entre el idilio más desenfrenado y la cordura más robusta. Es aquí donde la materialidad alcanza el más absurdo nivel de banalidad. Y tanto los esponjosos asientos como esos humeantes recipientes pasan totalmente inadvertidos. Porque llegados a este punto, no interesan lo más mínimo. Sólo importas tú.
Tú, que lees estas líneas, eres mi hogar.

G.

2 comentarios:

  1. Mi hogar no está donde debería estar mi hogar. No sé si tengo hogar. Quizás tenga muchos o quizás ninguno.

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  2. Tu hogar está con quien quieras estar. Ahí está. Tal vez muchos. Pero ¿ninguno? lo dudo.

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