sábado, 26 de mayo de 2012


No hay cosa que más odie que almacenar mi vida en cajas de cartón. Embalar mi existencia para acumularla en trasteros olvidados. Archivar mis recuerdos en furtivos retiros. Envasar al vacío los saludos de añoranza. Amontonar en baúles la evocación de una brevedad.
Supongo que ese es el precio de billete del eterno pasajero. Errante. Nómada. Sin destino permanente. Abocada a la caducidad. Sin embargo, no me arrepiento. La estabilidad se me antoja aburrida. Pero cuando llega el momento de despegar los carteles y recubrir los mapas, suspiras resignada y percibes una punzada en el ánimo. Esa es la señal indiscutible de que tu impronta queda sellada. Un alivio que amontonas en la maleta cual trofeo. Junto a los calcetines y al recuerdo. Y así siempre.

G. 

1 comentario:

  1. Aún guardo la foto que hice a mi equipaje la primera vez que me mudé a Madrid. Y pensar que tendré que volver a empaquetarlo todo aunque sea para mudarme 20 minutos más al fondo.
    Te voy a echar de menos. Ojalá las cajas de cartón no existiesen, no pudieras empaquetar tu vida y te quedaras atrapada aquí.

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